La cicatriz del silencio
Soy una mujer palestina, esposa y madre de cuatro niñas y un niño. Me casé joven, como era común en aquella época, y no pude seguir con mis estudios después de terminar la escuela, ya que entonces no se consideraba una prioridad importante. Mi vida comenzó pronto, y la responsabilidad llegó antes de que aprendiera a elegir mi propio camino. Desde muy joven, no pude expresar lo que llevaba dentro; me lo guardaba todo para mí y evitaba la confrontación. Lo que más recuerdo de mi infancia son los momentos en los que se oían los gritos de mis padres discutiendo. Me tapaba los oídos con las manos y me escondía detrás de la puerta, intentando alejarme del ruido y del miedo. Esa imagen nunca me ha abandonado, y me llevó a inclinarme hacia el silencio y, en ocasiones, a renunciar a mis derechos para evitar problemas.
Donde nació la pasión
En mi infancia fue todo borroso, a excepción de mi tía. Caminaba largas distancias solo para ver cómo sus manos transformaban la lana en calor. En su casa encontré un silencio que no era de miedo, sino de creatividad. Comencé a tejer y a hacer trabajos con cuentas, incluso cuando mi madre me regañaba:
“Se te estropeará la vista, necesitarás gafas y nadie querrá casarse contigo.”
Aunque hablaba desde el amor, sus palabras dolían. Sin embargo, yo era terca. Me enamoré de los intrincados detalles del bordado palestino: la precisión de las puntadas y la paciencia que requerían. Si bien mi madre sentía predilección por mis hermanos, mi padre era mi apoyo silencioso. A partir de ese desequilibrio, hice una promesa silenciosa: “Seré diferente. Seré el apoyo para mis hijas que yo misma anhelé en su momento.”
Sueños postergados
Me casé a los dieciocho años y mis hijos llegaron uno tras otro. Me encontré viviendo en un hogar con una familia numerosa, y con grandes responsabilidades. Sin embargo, seguí aprovechando las oportunidades para practicar mi pasión: tejer con lana y crear accesorios con piedras decorativas. A pesar de ello, a menudo me sentía asfixiada y abrumada, anhelando desarrollar mis habilidades y convertirme en una persona independiente. Las circunstancias no fueron fáciles y mis sueños permanecieron postergados durante un largo período de mi vida. Aun así, en mi interior había un volcán que nunca se calmaba. Buscaba constantemente cursos de formación para desarrollar mis habilidades en artesanía, a pesar de que mi marido se oponía firmemente y me lo impidió en numerosas ocasiones. Pero nunca me dejé llevar por la desesperación. Cada vez que mi marido intentaba detenerme, mi determinación por alcanzar mis aspiraciones no hacía más que crecer.
El punto de partida
Di el primer paso hacia mi sueño, desafié todas las circunstancias y participé en un curso sobre el uso del cobre en la fabricación de joyas: mi primer verdadero desafío. Después de eso, asistí a muchos otros, aprendiendo y volviendo más fuerte cada vez. A través de esos cursos, conocí instituciones que me ayudaron a adquirir habilidades, hasta que pude capacitar a otros en bordado palestino. Comencé a ofrecer sesiones de formación gratuitas, a pesar del rechazo y las críticas de mi familia. No escuché, porque sabía que ese era mi camino. Posteriormente, seguí desarrollando mis habilidades en la elaboración de joyas de mosaico y realicé cursos avanzados en este campo.
Rompiendo la barrera del silencio
La verdadera transformación en mi vida se produjo durante mi participación en un curso de mosaico, donde fui nominada para formar parte de un proyecto de empoderamiento económico. En ese momento, el sueño se convirtió en realidad y comencé a pensar de manera diferente. La mayor diferencia fue unirme a un grupo de mujeres y compartir sesiones de apoyo psicosocial. Escuché sus dolorosas experiencias y me di cuenta de que no estaba sola, y de que lo que llevaba dentro no era una debilidad. Nos convertimos en un solo cuerpo, hablando libremente y sin miedo. Sentí que había vencido mi miedo, liberando palabras que habían estado reprimidas desde la infancia. Gané confianza en mí misma, y esto se reflejó en mi familia, que empezó a apoyarme y a sentirse orgullosa de mí.
El efecto mariposa
Cuando me miro hoy, veo a una mujer segura de sí misma, que avanza con calma y determinación, dispuesta a aprender cada día y a aprovechar las oportunidades para alcanzar sus ambiciones. Lo que me distingue es que soy una mujer testaruda. No me gusta la imitación; siempre busco mi propia huella distintiva. Hoy veo el impacto de mi experiencia en mis hijas. Cada una de mis cuatro hijas ha seguido su propio camino hacia el emprendimiento, y yo las apoyo, las animo, comparto sus sueños y las respaldo como yo misma deseé ser respaldada en su momento.
Mi mensaje para todas las mujeres de este planeta:
Empezad, aunque sea con un pequeño paso. Daros el derecho a intentarlo. No permitáis que nadie se interponga en vuestro camino.
Porque la independencia es fortaleza, el trabajo es sanación, y no importa cuán difícil y complejo sea el camino, llegaréis a vuestro destino.



