Crecí en el caos
Me crié en el seno de una familia extensa llena de problemas, y en un campo repleto de historias de sangre, armas y venganzas. Nuestra vida en casa era un caos, sin privacidad ni espacio seguro, y no veía más que armas ni oía más que gritos, y naturalmente, con el tiempo, me volví tímida, retraída y aislada. La experiencia de los problemas familiares me convirtió en una persona violenta en la escuela, y comencé a ejercer violencia contra mis compañeros y a lastimarlos, y por eso no supe cómo hacer amistad con ninguna de las chicas.
La necesidad de apoyo y aliento
Aun así, cuando me preguntan por mi infancia, digo que fue agradable y divertida de una manera extraña. En mi infancia, aunque fue incompleta, hubo momentos de juego. El problema radicaba en la falta de apoyo para los estudios. Durante el Tawjihi, el ejército entraba a menudo en nuestra casa y mis hermanos fueron encarcelados; la presión y el miedo me llevaron a descuidar mis estudios. Cuando llegó el momento de ir a la universidad, no teníamos suficientes ingresos. Mi padre se ofreció a trabajar horas extra, pero me negué debido a su salud. Fue una decisión difícil: renunciar a mi sueño para que él no se cansara más. Curiosamente, mi familia estaba muy interesada en la educación de mis hermanos. Si bien mi padre es amable y me apoya, mi madre hace distinciones entre mis hermanos y yo. Esa discriminación solía afectarme, pero ahora ya no.
Responsabilidades y traumas sucesivos
El día más difícil de mi vida fue el día en que arrestaron a mi hermano mayor. Él era mi apoyo. Fue el único que me animaba a estudiar y me comprendía. Cuando se fue, sentí que la casa estaba vacía. Su ausencia me obligó a afrontarlo todo sola. Al mismo tiempo, mi madre cayó en un estado de depresión y perdió mucho peso. Yo tenía 13 años y una hermana pequeña de dos años. De repente, me convertí en quien cargaba con la casa, con mi hermana y con mi miedo. Estaba muy cansada. Pero no tenía otra opción. A partir de ahí, la “dureza” comenzó a crecer en mí. Me volví rígida. Irritable.
Y como la violencia era el lenguaje de aquel lugar, comencé a tratar con violencia a quienes me rodeaban y a hacerles daño. No porque fuera mala, sino porque no conocía otra manera. Antes veía sangre y problemas todo el tiempo ante mí, así que me convertí en uno sin darme cuenta. Después de todo eso, me sentí aún más aislada. Por si fuera poco, mi hermana pequeña enfermó. Le practicaron una cirugía a corazón abierto y desarrolló actividad eléctrica en el cerebro y convulsiones. Eso me afectó mucho.
Un punto de inflexión
Después de un tiempo, un psicólogo le aconsejó a mi madre que dejara la medicación y volviera a su vida normal. Su estado mejoró, pero volvió a empeorar tras la detención de mi hermano. Los vecinos y las tías la animaron a unirse a un grupo de apoyo psicosocial, y notamos una gran diferencia: volvió a ser la de antes, a disfrutar de la vida y a ser capaz de asumir responsabilidades.
Ella me animó a participar a mí también. Al principio me pareció extraño, pero luego me sentí feliz y aprendí a relacionarme con la gente y a integrarme en la sociedad sin estar tensa. Las sesiones tuvieron un impacto evidente; ahora estoy más tranquila y controlo mejor mis reacciones. Para mí esto es un logro, porque antes vivía al borde de la explosión.
Sé lo que quiero
Cuando me miro al espejo, siento que soy una persona segura de sí misma, que sabe lo que quiere y cómo establecer sus metas. Sé cómo controlar mis sentimientos y mi irritabilidad. Y esto es la recuperación. La recuperación no significa “he terminado con todo”, sino: “Ya no estoy perdida en el miedo.”
Mi mensaje para todas las chicas que viven lo que yo viví y esperan a que alguien las ayude a salir adelante: no os preocupéis por la opinión de los demás. Concentraros en vuestros estudios. Y no esperéis a que sean los otros los que os animen.



