Mi historia es similar a la de muchas mujeres, pero la diferencia radica en que me atreví a contarla para enviar mensajes de apoyo y resiliencia a todas las mujeres que han pasado, y siguen pasando, por el mismo dolor

Discriminación desde la infancia

Yo vengo de un pueblo; mi marido, del campo de refugiados. Mi historia está llena de un dolor profundo, arraigado en una infancia que no fue nada normal. En lugar de juegos, mis primeros años estuvieron marcados por un trabajo no adecuado para mi edad. Mi madre, firme y “demasiado seria”, me obligó a dejar la escuela en quinto grado para ir a cosechar aceitunas. En su mundo no había lugar para la ternura, solo para el agotamiento. Mi padre era mi refugio, el alma bondadosa que compensaba la severidad de mi madre. Cuando murió, sentí que una parte de mí perecía con él. Viviendo la discriminación de mi madre entre hijos e hijas, hice una promesa silenciosa: “Cuando sea mayor, seré la madre que siempre deseé tener; seré el abrazo y el apoyo que me faltó.” A los 16 años, encontré mi vocación en un curso de costura. Cuando mi padre abrió un taller en casa, me di cuenta de que coser no era solo un trabajo; era la primera vez que sentía que tenía habilidad y valor.

Cuando el espacio se reduce

Me casé a los 20 años y pasé 17 años en el pueblo donde nacieron mis hijos. Pero tras la muerte de mi padre, nuestro rumbo cambió. Nos mudamos al campo de Askar para vivir con la familia de mi marido, y mi “reino” se desvaneció. Comencé a dejar a mis hijos en la calle durante largos periodos para evitarles problemas y conflictos. Mi marido se convirtió en un extraño bajo nuestro propio techo, y se distanció de todos nosotros. Y con el tiempo, su presencia y su ausencia acabaron siendo lo mismo; lo importante eran mis hijos, y después de eso ya no me importaba.

La dolorosa pérdida

En medio de estas circunstancias, llegó el golpe para el que no estaba preparada: el martirio de mi hijo mayor. No era solo un hijo, era mi apoyo, era el único hombre que me defendía, que secaba mis lágrimas y decía: “No le pidas nada a nadie, pídemelo a mí.” Cuando él se fue, se fue la seguridad. Entré en un túnel oscuro, donde lloré lejos de los ojos de mis hijos. Me consumía en silencio para preservar mi imagen de madre fuerte ante ellos, hasta que llegué a un punto en el que sentí que la vida había perdido todo su sabor.

Un paso hacia la sanación

La salvación no fue individual, sino que se produjo gracias a una mano extendida. Cuando me visitaron especialistas en apoyo psicosocial y me animaron a unirme a un grupo de apoyo formado por madres y esposas de mártires, dudé, ya que estaba asustada y abrumada por el dolor. Pero mi hija me animó a participar, y se unió a mí para darme ánimos y para que ella misma pudiera beneficiarse. Nuestra incorporación al grupo fue el primer paso para fortalecer nuestra resiliencia y nuestra capacidad de sanar y superar el impacto de la pérdida. Durante las sesiones, me di cuenta de que “estaba viviendo en una prisión que yo misma había construido”.

Mi fuerza reside en mis posiciones

Cuando me miro hoy en el espejo, veo a una mujer fuerte y segura de sí misma. Ya no soy la observadora silenciosa de mi propia ruptura. Me mantengo firme ante los desafíos y protejo mi privacidad. Les estoy enseñando a mis hijas que no están aquí para depender de nadie, sino para crecer. La costura fue el primer hilo de mi independencia, y la pérdida fue el fuego que forjó mi fuerza.

Mi mensaje para todas las mujeres que están lidiando con un dolor como el mío:

No sois una “continuación” de nadie, ni una “sombra” de nadie. Sed vuestro propio apoyo. No permitáis que nadie viole vuestros límites ni ignore vuestro derecho a existir. No penséis que vuestro dolor es un destino del que no podéis escapar; salid, pedid ayuda y cread vuestro propio espacio. Merecéis vivir con dignidad. No os rindáis ante ningún hombre que os quite vuestros derechos y mancille vuestra dignidad.